lunes, 31 de julio de 2017

Wimsey



Joshua Adler entró en el pub protegiéndose de la lluvia torrencial que pintaba las calles de Londres de un tono grisáceo salpicado del amarillo de las farolas. Con una mueca comprobó que el lugar estaba atestado de trabajadores de fábrica, carpinteros, herreros y todo aquel que trabajase en el mundo industrial y que viviese a tres cuadras a la redonda. El recinto apestaba a sudor, cigarro y cerveza tibia, pero era el único pub en el que nadie le reconocía ni pedía favores así que se quitó el abrigo empapado y sacudió disimuladamente el sombrero, dejando unas gotitas de agua sobre el piso de madera.
Solo había un lugar disponible en la barra, aquel que colindaba con la entrada a los sanitarios y que olía a meados de gato por mucho que el dueño pusiera aserrín en el suelo. Encogiéndose de hombros se dirigió a ese sitio que los demás evitaban y dejó caer su enorme humanidad en el banco de madera que crujió en protesta por el esfuerzo, pero que estaba acostumbrado a soportar pesos mayores. Joshua pidió una cerveza al encargado y esperó a que se la sirvieran mientras jugaba con una servilleta. Quería evitar el contacto visual con cualquier parroquiano. Era lo que hacía desde dos meses atrás. Cumplir con su guardia, venir al pub, beber una cerveza tras otra sin hablar con nadie hasta que fuese tan tarde que no se encontrara a nadie de camino a su casa. Comía y cenaba en el pub así que no necesitaba variar mucho su rutina.
Su cerveza llegó. Al darle el primer trago tuvo que respirar por la nariz, cosa que venía evitando para no oler nada, pero al pasarse la bebida descubrió con sorpresa que su olfato se inundaba de un aroma a limpio, mejor dicho, a hombre limpio. Miró alrededor para encontrar al responsable de ese olor a colonia cara y se encontró con que venía del anciano sentado a su lado. No pudo evitar observar a tan extraño parroquiano. Y decimos extraño porque desentonaba en ese lugar como desentonaría él mismo en el palacio de Wimbledon tomando el té con la reina.
El anciano bebía bourbon sin hielo, llevaba un traje oscuro de tela fina y un monóculo le colgaba con gracia del bolsillo del chaleco. Se volvió hacia Joshua al notar su mirada atónita y sonrió un poco, de medio lado, como disculpándose por su presencia en ese pub.
Siento haberlo molestado, señor dijo Joshua y trató de concentrarse en las burbujas de su cerveza.
No es molestia, caballero. Su mirada, sin embargo, me sacó de mis pensamientos, cosa que le agradezco mucho.
¿Qué cosas tan horribles le pasarían por la cabeza si me lo está agradeciendo? preguntó Joshua en voz baja.
Terribles, sin duda el anciano se inclinó hacia él y le extendió una mano, a modo de saludo. Mi nombre es Peter Wimsey y estoy a su servicio, caballero.
Le estrechó la mano como hacía siempre, con desconfianza. Murmuró su nombre de mala gana pero agregó:
No soy ningún caballero. Llámeme Joshua como lo hacen todos y yo lo llamaré Peter, su nombre a secas, como hago con la gente normal.
Me parece perfecto, Joshua. Permítame invitarle un trago y sin esperar respuesta, Wimsey pidió otra ronda para ambos con ese tono afectado que adoptan las personas de alta alcurnia.
Los tragos llegaron y después de brindar con un gesto ambos bebieron sin mirarse.
Lamento que haya muerto su mayordomo dijo Joshua sin pensar y al darse cuenta de lo que había dicho dio otro trago muy largo a su tarro.
Winsey lo miró con curiosidad sin disimular su asombro, pero no dijo nada. Solo asintió. Y fue ese simple gesto el que hizo que Joshua cambiara su actitud hacia él. De pronto sintió por el anciano un profundo respeto y pensó que si le pidiera cualquier favor lo haría sin pensarlo, pero no podía quedarse con la duda así que preguntó:
¿No me va a interrogar? ¿No quiere saber cómo lo supe?   
El anciano lo miro con una chispa de picardía en sus ojos azules y dijo:
Creo que lo sé, o al menos creo saber cómo lo supo jugó un poco con el vaso medio vacío de bourbon y continuó. Usted notó mi presencia por mi olor, lo supe cuando lo vi olfatear el aire de reojo. Por mi vestir y mi manera de hablar sabe que no soy de este barrio, también notó que mi traje es negro y que estoy bebiendo solo. Eso le dijo que estoy en este pub por dos razones: O espero a alguien o estaba recordando a alguien. En vista de que le invité una bebida sabe que no espero a nadie o sea que la segunda opción es la probable. No estoy recordando a una mujer porque este sitio es visitado casi en exclusiva por hombres trabajadores y las señoras decentes no se paran en lugares como este. Así que dedujo que recordaba a un amigo muy querido. También pensó que un amigo de mi infancia o juventud  no estaría en su vida en un sitio como este y tiene razón. Así que quizá fuera alguien que se convirtió en mi amigo pero que originalmente trabajaba para mí. Mis manos son delicadas y mi traje es caro, así que lo más probable es que esa persona fuera mi mayordomo y dado que él no está aquí conmigo es lógico suponer que está muerto. ¿Acerté?
Sí, en casi todo afirmó Joshua mirándole con más respeto que antes. Le faltó decir que tiene los zapatos salpicados de barro negro y el único lugar que tiene tierra tan oscura en estos rumbos es el cementerio de Little Whitey.
¡Bravo, amigo mío! exclamó Wimsey entusiasmado En otros tiempos hubiera utilizado ese don de deducción para mi trabajo. ¡Habríamos logrado tantas cosas! A Bunter, mi amigo y mayordomo, le habría encantado conocerlo.
Joshua murmuró un ininteligible gracias y sus mejillas se llenaron de rubor.
¿A qué se dedica, Joshua?
¿No puede deducirlo usted mismo?
Veamos dijo Peter mientras se calaba el monóculo en el ojo izquierdo y lo observaba con detenimiento. Viste usted como empleado de fábrica, su abrigo lleva varios remiendos pero su calzado es de buena calidad aunque no es nuevo. Lo que me dice que trabaja para alguna empresa de calzado, no ha saludado a nadie así que creo que no conoce a ningún parroquiano, y además las fábricas de calzado están del otro lado del rio, supongo que no vive por aquí. Huele un poco a humo de tabaco pero no ha fumado así que supongo que la que fuma es su casera, y sé que no está casado porque no lleva anillo y no ha visto la hora en ningún momento, nadie le espera en casa. 
Joshua levantó el tarro a modo de brindis y asintió.
Tiene un rostro amable pero es muy huraño para conversar continuó el anciano, eso significa que la gente siempre lo busca para pedirle favores y a usted le cansa porque no sabe decir que no. Sus manos son suaves, no tienen la aspereza de los empleados comunes, así que es guardia de seguridad en la fábrica y deja su uniforme en su trabajo para que no le confundan con policía de camino a aquí.
Con una carcajada sorpresiva, Joshua festejó a su interlocutor y pidió otra ronda de buena gana.
¿Sabe? Siempre me ha molestado saber tantas cosas sobre las demás personas porque no me gusta que la gente sepa tanto sobre mí. Pero ¿Qué oportunidad tenía de encontrarme a una persona que piense como yo? preguntó Joshua y agregó en voz baja La mayoría de mis colegas o vecinos son como borregos sin aspiraciones. Solo quieren llegar a fin de mes sin morirse de hambre y no se preocupan por observar a su alrededor.
Le sorprendería lo mucho que se parecen en eso nuestras clases sociales. Mis compañeros de estudios se han dedicado a hacer dinero y presumirlo sin hacer nada más de lo que les pide la sociedad. Cumplen las reglas sin rechistar y violan las normas a su gusto en secreto. Cuando conocen a alguien que se sale del molde lo tachan de libertino…en especial si es mujer dijo Wimsey con un toque de amargura.
Es por eso que no me he casado dijo Joshua ensimismado. No soporto a las mujeres que solo hablan de tener hijos y de tener esto y aquello. Comparan a sus maridos como a caballos de carreras siempre presumiendo lo que gana o exagerando sus habilidades. Es asqueroso como se arrastran detrás de unos pantalones que les saquen de su miseria e insisten en llenarse de hijos para que el marido no se les vaya.
A usted le habría encantado mi esposa. Era una rebelde que no creía en el matrimonio y me costó media vida conseguir que se casara conmigo. Ahora que no la tengo siento que lo mismo que usted. No podría tolerar a una mujer sumisa.
Siguieron hablando por muchas horas hasta que el encargado les pidió que se fueran. Joshua estaba feliz de encontrar en ese lugar a un hombre con quien hablar de cosas diferentes que no fueran las mismas nimiedades que hablaban sus compañeros. A Peter Wimsey le encantaba el tono desenfadado con el que Adler soltaba sus opiniones y le hacía recordar a Bunter, quien habiendo crecido en cuna humilde, frecuentaba lugares como ese y decía las cosas con la confianza de saber que tenía razón. Por un momento fantaseó con reclutar a Joshua y volver a resolver crímenes y ayudar a la policía, pero los tiempos eran otros, él ya no tenía la misma fuerza de antes y Joshua, evidentemente, no era Bunter.
Bunter, su gran amigo. Habían resuelto más de treinta casos de asesinatos y fraudes, siempre con la ayuda del poder de deducción de Wimsey y la agudeza de pensamiento de Bunter. Cuando Harriet, su esposa, lo abandonó fue Bunter el que estuvo a su lado y el que continuó investigando aunque Peter ya no tenía ánimos ni para salir de la cama. De hecho era la primera vez que dejaba la casa por tanto tiempo desde que renunció oficialmente a la investigación privada. No necesitaba el dinero y sin su amada Harriet, tampoco necesitaba la aprobación pública. Se había opuesto, eso sí, a que Bunter buscara al asesino del 9, apodado de ese modo por el tamaño de las huellas que dejaba el criminal en las escenas. Bunter no hizo caso. Bunter descubrió quién era y el asesino lo mató a sangre fría tres días atrás en ese mismo barrio.
Wimsey sacudió la cabeza para alejar el recuerdo de su amigo en la morgue y se concentró en lo que Joshua le decía.
No sé preocupe, mi buen amigo dijo Peter sonriendo. Mi chofer vendrá por mí en unos momentos, le di precisas indicaciones. Puede usted marcharse a casa con tranquilidad.
Joshua se despidió de Wimsey con la esperanza de volver a verle. Era refrescante el chorro de inteligencia que emanaba el anciano, la galanura con la que se movía, la gracia con la que hablaba. Se alejó pensando en lo que hubiera sido de su vida si no fuera pobre. ¿Habría asistido a Oxford? ¿Tendría algún departamento en Picadilly? ¿Se habría casado? Pensó que quizá lo llamarían Lord con una reverencia. La lluvia había parado y las calles de Londres estaban desiertas. Pero Joshua se sintió, por primera vez en muchos años, libre de su mediocridad, ligero como una pluma, emocionado como un chiquillo con un regalo de navidad. Siempre supo que era diferente a los demás y ahora a sus treinta y tres años entendía por qué. No es que fuera extraño, es que era inteligente. Muy inteligente. La vida se había encargado de cagarse en sus sueños y de ponerle trabas a su manera de pensar.
       Ensimismado, no notó que lo seguían, ni escuchó los pasos ligeros de la persona que, con mucho cuidado de no dejarse ver, lo observaba de cerca. Se metió en el callejón de los turcos para llegar a las vías del tren y recorrerlas, como cada noche, para llegar a casa. A veces se topaba con algún borracho o algún trabajador que había perdido el tren y tenía que recorrer el camino a pie. Los odiaba. Odiaba a todos por ser unos idiotas perdidos en un mar de estupidez. A veces fantaseaba con matar a todos los de la fábrica, a veces quería estrangular a su casera, a veces…
   No supo que lo golpeó pero de pronto tenía un dolor inmenso en el cráneo y cayó en medio del callejón, de rodillas, con la cabeza sangrando. Trató de localizar a su agresor pero solo vio un bastón elegante que le golpeó con fuerza en el rostro. Perdió la vista, todo se volvió oscuro y se dejó caer en el piso, inconsciente.
El agresor siguió golpeando su cuerpo inerte, el bastón de mango de marfil abrió la piel de Joshua en varios puntos y las paredes se salpicaron de sangre. Más golpes, más sangre, el ojo derecho de Joshua se salió de su cuenca y el asesino lo pisó con saña, desparramando materia ocular en las baldosas.
Un disparo se escuchó en la oscuridad. El asesino cayó con un balazo en la frente, muerto al instante. De entre las sombras salió Lord Peter Wimsey, caminaba sin poder evitar el temblor en sus piernas. Ignorando al atacante, se inclinó sobre Joshua Adler, cuyo cuerpo se sacudía con espasmos incontrolables.
-Lo siento, amigo mío –murmuró con lágrimas en los ojos-. Pensé que usted era el asesino del 9, lo seguí pero no fui lo suficientemente rápido. Si no fuera tan viejo habría visto que lo atacaban, amigo, y lo habría salvado.  
Lord Peter Winsey se alejó hasta la avenida donde lo esperaba un auto negro. El anciano le pidió al chofer que lo llevara a casa, donde volvió a encerrarse para siempre, alejándose de los horrores cotidianos, de las pérdidas humanas y del recuerdo de que la única vez que se equivocó, le costó la vida de un inocente…maldijo en voz alta a su cuerpo decrepito y a su mente inservible. Al llegar a su departamento se sirvió un té, puso un poco de música, y se durmió para siempre.    


- FIN -

Consigna: Título:«Wimsey». Esta historia incompleta es un relato policíaco ambientado en Inglaterra en la primera mitad del siglo XX. Su protagonista es lord Peter Wimsey, el detective creado por la escritora Dorothy Sayers, a la que King admira.

Phil y su Danza del Sol



El nombre aterraba, sí, pero su contenido mucho más: Phil no podía pegar un ojo. Recientemente publicada, la novela «Cementerio de animales» ya era todo un éxito de ventas y él, gran lector a pesar de su corta edad, había podido convencer a su madre para que se la regalara. A ella no le gustaba el título pero sabía de la devoción de su hijo por la lectura; y qué mejor que agasajarlo con un libro para su décimo cumpleaños.
A pesar de que el calendario insistía con que corría el mes de noviembre de 1983, y el otoño ya tenía más de dos meses en su haber, ese sábado a la noche era bastante caluroso en Derry —estado de Maine—; parecía verano, en realidad.
Escuchó el ruido justo cuando Church, el gato de los Creed, cruzaba la carretera por última vez. Dejó el libro sobre la cama, abrió la ventana, hizo lo mismo con los postigos de madera y miró a la oscuridad del patio.
Misu, el adolescente de origen indio que vivía en una modesta casa junto a la suya, había saltado la verja y tenía en sus manos a Sundance, el gato de Nayeli, su hermana.
—Quería matar a tu enano del jardín —dijo el adolescente al notar que Phil lo miraba sorprendido—. Por eso tuve que saltar la verja.
—¿Qué enano del jardín?
—Ese —contestó Misu, señalando con una de sus manos a algo tirado en el césped.
Haciendo el menor ruido posible (su padre odiaba a la familia sioux que vivía junto a su casa, y le tenía prohibido hablar con ellos), el niño saltó por la ventana y fue junto al joven indio.
Su familia no tenía enanos de jardín pero, sin embargo, ahí estaba. Tenía la cara igual a la de Grumpy, el enano gruñón de Blancanieves; usaba un gorro y ropa de labranza, ambos de color celeste, mismo tono que su piel de cerámica. En su cara, una extraña nariz roja de payaso y un par de ojos amarillos se destacaban por sobre la hegemonía del otro color. Parte de su cuerpo de cerámica mostraba los signos de los arañazos del gato.
—Vi que Sundance corría como loco hacia tu patio, y por eso fui tras él. Si lo veía tu padre, seguro le iba a tirar con alguna piedra. O con algo peor.
—No, está bien, no pasa nada —lo tranquilizó Phil—. Pero va a ser mejor que vuelva a mi habitación. Por si papá nos escuchó.
—Okey. Chau, Phil.
—Chau.
El joven sioux se alejó con el gato en brazos, quien no paraba de bufar, las orejas gachas y el lomo arqueado, y de mirar rabioso al enano del jardín.
Phil vio cómo Misu volvía a saltar la verja y, curioso, se agachó junto al enano.
Y este le guiñó un ojo.
El niño cayó de culo sobre los tréboles del patio y retrocedió espantado, como un cangrejo perseguido por una famélica bandada de gaviotas.
—¡Esperá! —dijo el enano—. No tengas miedo. —Había algo en su voz, una mezcla de autoridad y bonanza (y algo más…), que hizo que Phil frenara su huida—. Gracias por salvarme de ese gato loco —continuó, y avanzó unos pasos hacia Phil. Este, asustado, volvió a recular—. No, por favor, en serio: no me tengas miedo.
—Es que es muy raro eso de que hables.
—Te voy a contar un secreto: todos los enanos de jardín hablamos. Pero, para ello, se tiene que dar una única condición.
—¿Cuál?
—Que la persona que tengamos adelante tenga el alma limpia de todo mal —sonrió—. Y vos la tenés. —Phil aflojó su resistencia y se puso de pie.
—¿Y de dónde saliste?
—Vengo escapando de todos los gatos de Derry desde que tengo memoria. No sé, pensarán que me quiero robar los pompones de lana con los que juegan como idiotas. —Phil rio—. ¿Te puedo preguntar algo? —El niño movió su cabeza de arriba abajo—. ¿Cuánto sabés de tus vecinos, los sioux? Digo, sobre su raza.
—Lo que aprendí en la escuela y lo que leí en los libros de Mike Hanlon.
—¿Mike Hanlon? ¿Quién es Mike Hanlon?
—El bibliotecario del pueblo. Pero no lo nombres fuerte, porque si papá nos escucha, nos va a matar: no le gusta Mike. Porque es negro.
—Ah… —El enano hizo una pausa y, luego, susurró—: Yo puedo enseñarte cosas sobre los sioux que nunca vas a leer en un libro. —Phil abrió grande los ojos—. Pero tenés que dejarme entrar a tu casa. Tengo miedo del gato ese… eh… ¿cómo se llama?
—Sundance. —Phil se agachó y levantó al enano celeste de nariz roja. No pesaba nada—. Está bien, vamos adentro. ¿Y vos cómo te llamás? —preguntó.
—Georgie Paperboat.
—¡Wow! Con nombre y apellido —dijo Phil, depositando a su nuevo amigo sobre la cama y yendo a cerrar los postigos y la ventana.
—Sí —dijo el enano. De espaldas a él, el niño no vio cómo sus ojos amarillos brillaban con la luz del Infierno. Mike Hanlon. Negro de mierda. Ya se las iba a pagar.
Hablaron sobre los sioux hasta que Phil, cansado, se durmió. Georgie no: su período de hibernación ya llegaba casi al año veintiséis y, como en cada fin de ciclo, era hora de ir despertando. Pero sin apuro.

El niño se removió entre las sábanas. Soñaba.
Desde adentro del ropero, detrás de una campera Georgie Paperboat observaba fascinado (el enano de jardín se escondía ahí durante todo el día por expreso pedido de Phil: si sus padres lo descubrían, el niño estaba seguro de que lo tirarían a la basura).
Sus poderes volvían poco a poco. Quince días habían pasado desde que el gato hijo de puta lo había arañado en el patio. Y ya podía ver el interior de la mente de Phil. Y sus pesadillas. Como la que estaba teniendo ahora; cerró los ojos amarillos y se vio a él, Georgie, con su cara de enano gruñón, el cuerpo de un wendigo, patas de araña, y un tocado de plumas de águila en su cabeza, acorralando a Phil en un callejón desierto.
Abrió los ojos y sonrió. Todo iba de mil maravillas.
Salió de su escondite y se trepó a la cama. Estiró una de sus manos y la apoyó en la frente del niño. Y su brazo celeste brilló en la oscuridad de la habitación cuando una corriente eléctrica se deslizó como por ósmosis a través de sus dedos.
Georgie creció de tamaño. Apenas unos centímetros. No importaba, ya serían más. El miedo de Phil a lo sobrenatural era la energía que necesitaba para existir. Y para regresar un año antes de lo esperado. Tenía que vengarse de Hanlon y los otros hijos de puta: quería verlos sufrir.
Notó que Phil estaba por despertar, y se bajó rápido de la cama y fue hasta el ropero.
Miedo, miedo y más miedo. Lo que mueve al mundo.
Cuánta felicidad.

Despertó temblando y se sentó en la cama. Las gotas de sudor se perdían en su barba de dos días. Encendió la luz del velador y miró el reloj despertador. Las cuatro y media de la mañana. Fue hasta el baño, vació la vejiga y volvió a acostarse.
Con ambas manos bajo su cabeza, se quedó mirando el techo. Un jefe sioux perseguía a un niño con intenciones de matarlo; había reconocido al pequeño como uno de los habitués a su biblioteca, pero no podía recordar su rostro. Qué pesadilla tan real.
Y en el sueño también estaba él. El maldito payaso. Como en el año 1958, el de «Los Perdedores» y la guerra ganada contra aquel monstruo multiforme.
Mike Hanlon, el bibliotecario de Derry, no pudo volver a dormirse.

—¿Cómo estás, Phil?
—Bien —contestó el niño con un gruñido.
—¿En qué te puedo ayudar? —La hosquedad de Phil llamó de inmediato la atención del bibliotecario. Siempre había sido un niño muy afable, con una sonrisa a flor de piel; uno de sus mejores clientecitos. Pero hacía casi un mes que no visitaba la biblioteca; y ahora se mostraba demasiado esquivo, sin mirarlo a los ojos y sin casi emitir vocablo.
—Quiero leer sobre los sioux.
—Okey. ¿Buscás algo en especial?
—Sí. —El niño tragó saliva y, tartamudeando, dijo—: Algo sobre la Danza del Sol.
—Esperame. —El bibliotecario fue hasta una sala contigua, y regresó tras un par de minutos con un viejo ejemplar—. Acá vas a encontrar muchísima información. —Traía consigo la ficha de socio de Phil—. Según el registro, lo leíste hace casi un año.
—Me lo llevo. —Phil firmó su ficha de registro y metió el libro en su mochila con la imagen de He-Man and The Masters of The Universe. Sin decir adiós, se dio media vuelta y salió de la biblioteca.
Mike Hanlon vio cómo se iba y miró la ficha de registro. Las firmas de Phil. Siempre habían tenido un trazo bien definido, firme, profundo; y la última parecía hecha por un anciano con Mal de Parkinson, ilegible y apenas rozando el papel.
Algo no andaba bien.
Y fue entonces cuando se dio cuenta. La pesadilla del payaso: Phil era el niño protagonista de su mal sueño.

El domingo 1 de enero de 1984 amaneció en Derry con el frío invernal habitual de esa zona de Maine. Para ser domingo era muy temprano, pero a Phil no le importó: sus padres dormían la resaca de la fiesta de la despedida del año viejo.
Temblaba, y por su piel desnuda, de cintura para arriba, corría un río de hielo —y no solo por la baja temperatura—. El miedo. No lo iba a poder hacer, e iba a quedar frente a Georgie Paperboat como el peor de los cobardes. Y si se enteraba su padre, peor.
Lloró.
—¡Vamos, Phil! —lo animó el enano de jardín. Que ya no era tan enano: medía casi un metro ochenta; y su nariz de payaso brillaba incandescente en la niebla matinal—. ¡Tenemos que destruir esta niebla! ¡Tenemos que hacer salir el sol! ¿O tenés miedo?
El niño estiró su cuerpo hacia atrás, y su piel se tensó pero no se rasgó. Tuvo que volver a la posición original: el dolor era insoportable.
Dos cuerdas salían de lo más alto de uno de los postes del cordel que su madre usaba para secar la ropa. E iban directo al pecho de Phil, atadas al niño en dos agujas de tejer que le atravesaban la dermis un par de centímetros por encima de las tetillas. La valentía se la había terminado luego de que, con un algodón mojado en agua helada, emparara su piel para luego estirarla y traspasarla con las agujas. Las indicaciones habían sido de su amigo celeste y él, a pesar del dolor, las había seguido al pie de la letra: quería ver feliz a Georgie.
Pero esta vez no podía, a pesar de los ruegos del enano de jardín para que hiciera asomar el sol. Tenía muchísimo miedo. ¿Y si se desgarraba la piel? ¿Le sangraría el corazón?
—¡No seas gallina, Phil! ¡Parecés la putita de Nayeli! —El enano gigantón dio varias vueltas en redondo, con los codos en V y aleteando los brazos como si se tratara del clásico plumífero ponehuevos—. ¡Co, co, co, co, co! ¡Ja, ja, ja!
El niño tiró con fuerza una vez más, pero su piel no se desgarró.
—¿Te vas a rendir? —Phil asintió en silencio, moviendo su cabeza; las lágrimas mojaban gélidas sus mejillas—. ¡¡¡Gallinaaaa!!! ¡Gallina, gallina, gall…
—¡Seguí, Phil, seguí! ¡No tengas miedo! ¡No te rindas!
Georgie se dio vuelta y vio a Mike Hanlon justo sobre la verja del jardín
—¡Negro de mierda! —exclamó. Y corrió hacia el bibliotecario transformando sus puños en dos garrotes idénticos a los de Thor. Saltó sobre él y lo tiró contra el césped; e inmovilizó sus brazos aprisionándolos con sus rodillas celestes.
—¡Qué bueno volver a verte, Mickey! —La cabeza del enano se había transformado en la de un cuervo, el pico rojo, curvo, punzante—. ¿Querés más? ¿No te alcanzó con lo del 58? —graznó. Hanlon no contestó—. Chau, nigger —dijo, levantando sus brazos de martillo.
No alcanzó a bajarlos.
Porque el sol apareció detrás de una nube, rompiendo la niebla con sus rayos.
Georgie Paperboat miró hacia atrás, y vio a Phil tendido en el patio. Aunque sonreía, el niño no paraba de temblar. Dos surcos rojos salían de su pecho.
—¡¡¡NOOO!!! —exclamó el enano. Y desaparecieron sus puños y su pico de fantasía. Y su tamaño se redujo al mínimo de siempre. Y corrió.
Pero Hanlon se levantó rápido y en un par de pasos lo alcanzó; sujetándolo de los brazos celestes, lo alzó. Y habló:
—Les daré tus saludos a «Los Perdedores», hijo de puta. —Y, luego, lo arrojó con todas sus fuerzas contra el piso. El enano de cerámica se rompió en mil pedazos. Y el bibliotecario saltó sobre ellos una y otra vez hasta dejarlos reducidos a cenizas.
Por las dudas.

Había vuelto a soñar con el payaso, con Phil y con los sioux. Más la Danza del Sol. Y, a pesar del frío matinal y de que se había acostado tarde luego de la fiesta de fin de año, se había vestido rápido y salido en auto hacia la casa del niño, a solo cinco cuadras de la suya.
Cuando los vio, Phil atado al poste del cordel y la maléfica entidad celeste de nariz colorada a su lado, supo que tenía una sola oportunidad. Como aquella vez en 1958. «La única manera de vencerlo es derrotando tus miedos», recordó. Y ambos, el niño y el bibliotecario, se habían salvado el uno al otro en sendos actos de valentía extrema.
Luego, había cargado a Phil en el auto y lo había llevado al hospital de Derry. Hacía una hora de eso, y ya le habían realizado las curaciones de rigor. Y ahora el niño descansaba en una cama de una habitación común.
Era momento de llamar por teléfono al padre de Phil. Aunque el tipo lo odiara y, a partir de todo esto, seguro que aún más: era imposible hacerle entender que un enano de jardín había querido matar a su único hijo.
Fue hasta la cabina telefónica en la puerta del hospital, introdujo dos monedas y pidió a la operadora el número de teléfono de la casa de Phil.
Cuando colgó (por suerte, había atendido la madre del niño. Angustiada, le había dicho que ya salían para allí), salió de la cabina y volvió hacia el hospital: esperaría junto a Phil hasta la llegada de sus padres.
Miró el cielo. Completamente despejado, el sol reinando sobre la ciudad.
Y tembló.
No dejaba de pensar en las cenizas del engendro de cerámica, que habían desaparecido cuando, luego de levantar a Phil en sus brazos, había vuelto sobre sus pasos rumbo al auto. Y en lo que el payaso disfrazado de enano de jardín le había susurrado, sonriendo, justo antes de que lo arrojara sobre el duro suelo del jardín.
Volveré.


- FIN -

Consigna: Título: «Phil y su *Danza del Sol». Es una historia ambientada en Derry, donde un muchacho descubre una noche que el gato de su hermana trató de matar a un pequeño humanoide en el jardín y Phil, un jovencito de diez años, decide cuidarlo.
*Sundance, Danza del Sol, es un ritual amerindio de las tribus de las planicies de EEUU que consistía en colgarse por medio de ganchos insertados en los músculos pectorales por varios soles o días demostrando estoicidad ante el dolor y llegando a una especie de éxtasis.

Pero solo la oscuridad me ama



INTRODUCCIÓN
Cuando me preguntan si recuerdo el momento exacto en que nacieron mis historias puedo contestar que sí en algunos casos, por ejemplo, la idea para Eso me vino a la cabeza cuando escuchaba el sonido de los tacones de mis botas sobre un puente de madera mientras pensaba en una canción infantil, como este ejemplo podría darles varios más pero esto no es lo que nos ocupa el día de hoy sino esté pequeño relato que escribí junto a mi hijo Joe.
Una tarde vino Joe de visita y me enseñó una página en dónde se perfilaba la historia de un tipo cualquiera en un bar hablando con una mujer sumamente hermosa, tan hermosa que no se atrevía a mirarla de frente, después de leerla varias veces nos pusimos a garabatear ideas en un cuaderno, al final de la visita guardé su hoja mecanografiada con la mía llena de mi, a veces, indescifrable letra y por desgracia nos olvidamos de ella hasta que llegó el momento de hacer espacio en mi atestado despacho y llevé esta historia, junto con algunas otras, a la Biblioteca Raymond H. Fogler en dónde pueden encontrarla, si es que les interesa, dentro de la caja  número 1012.
Por alguna razón estos personajes reaparecieron en cabeza hace unos días y se que no me van a dejar en paz hasta que vuelque su historia en palabras, pero no solo quieren eso, quieren que cuente la historia en forma de guión televisivo, quizá entre mis lectores constantes haya alguno que quiera llevar a la pantalla esta pequeña historia.
Pues allá vamos mis Lectores Constantes, espero que la mayoría de ustedes disfruten con esta colaboración entre mi hijo mayor y yo. Y si no la disfrutan espero que puedan perdonarme y lean alguna otra cosa.
Largos días y placenteras noches les deseo a cada uno de ustedes.
STEPHEN KING                                                                                                   Bangor, Maine, 30 de julio del 2017


PRIMERA PARTE
EL BAR
I
FUNDIDO
1
Exterior, calle fuera del hotel, Ledge Cove, Maine. Noche.
La calle está desierta, vemos a nuestro personaje principal masculino desprenderse de las sombras y cruzar la vía para entrar en el hotel. En la fachada distinguimos un gran letrero que dice: Bienvenidos a “La Convención” con grandes letras doradas perfiladas en negro.
FUNDIDO
2
Interior, lobby del hotel. Noche
Hay algunas personas en el lobby del hotel, sentadas en parejas o en grupos más grandes, riendo y pasándoselo bien, al lado izquierdo del escritorio de recepción están los elevadores y podemos ver algunas parejas muy acarameladas listas para seguir la fiesta en sus habitaciones. Del lado derecho están las puertas que conducen al bar del hotel, algunas personas salen ya es tarde y quedan pocos clientes.
Entra a cuadro Lucien. Lleva un sombrero cuya ala le ensombrece la cara y una gabardina negra larga, con el cuello levantado, no se distinguen sus facciones. Toda su indumentaria es negra excepto por la camisa que es blanca.
FUNDIDO
3
Interior, bar. Noche
Lucien entra en el bar y lo recorre con la mirada, el lugar está prácticamente vacío solo quedan algunos clientes en la mesa del fondo y una pelirroja vestida con un ceñido vestido gris claro sentada en uno de los taburetes del centro de la barra. Ella parece sentir su mirada y levanta la vista hacia el gran espejo que ocupa toda la pared detrás de la barra, en ese instante Lucien se quita el sombrero y cubre su cara con el, sus miradas no se encuentran. Ella inclina su rostro como para concentrarse en su bebida y él se dirige hacia ella.
Lucien toma asiento junto a ella.
LUCIEN: Hola Ángel.
Ella se estremece pero no voltea a verlo.
ÁNGEL: No puedo creer que estés aquí.
LUCIEN: Yo tampoco, estuve a punto de no venir pero me dije a mi mismo: ¡que diablos! Han pasado tres años bien puedo darme el lujo de ir un momento y conversar.
ÁNGEL: ¿Solo un momento?
Ángel sonríe pícaramente como si su intención hubiera sido preguntar ¿solo conversar?
El cantinero se acerca.
CANTINERO: Buenas noches señor, bienvenido a “la convención” ¿qué le sirvo?
LUCIEN: Whiskey en las rocas por favor.
El cantinero se retira a servir el trago mientras Lucien se acerca a Ángel pero sigue sin mirarla de frente.
LUCIEN: Estas hermosa Ángel, como siempre.
ÁNGEL: ¡Adulador! Deberías decírmelo de frente.
Lucien frunce el entrecejo y se retira unos centímetros como si ella lo hubiera golpeado.
LUCIEN: Lo haría si pudiera y lo sabes.
El cantinero coloca el trago frente a Lucien y se retira, él levanta el vaso y lo inclina un poco hacia ella.
LUCIEN: Por los reencuentros.
ÁNGEL: Y por lo que pueda pasar en ellos.
Brindan y ambos beben, claramente podemos ver como suspiran cuando dejan sus vasos vacíos en la barra, la mano izquierda de Lucien casi roza la mano derecha de Ángel.
ÁNGEL: ¡Tres años! Ahora que estoy aquí siento que se fueron volando.
El camarero se acerca y rellena los tragos.
ÁNGEL: Aunque no puedo decir que las cosas hayan cambiado, en realidad todo sigue igual, la misma monotonía de siempre.
LUCIEN: No te creo, ¿cuántos años tiene Taylor ahora? ¿quince? Las cosas definitivamente deben de ser más interesantes que cuando tenía doce.
Ángel pone cara de fastidio y apura el trago, cuando el camarero se acerca le arrebata la botella de las manos y se sirve ella misma. Lucien le quita la botella, rellena su trago y devuelve la botella al cantinero.
ÁNGEL: Se nota que tú no tratas con adolescentes ¿doce? ¿quince? No importa, siempre hay un pretexto para hacer drama y para decir que no vale la pena vivir ¡no tienes idea de la cantidad de navajas de afeitar que he tenido que esconder para que a Taylor no se le ocurrieran malas ideas! Y encima el mentado Netflix y las redes sociales presentando el suicidio como una opción viable para llamar la atención ¡Claro que llamas la atención! Lo que no se ponen a pensar es que ya no estarán ahí para recibirla.
Poco a poco su voz sube de volumen, cuando llega al final de su discurso toma el vaso con las dos manos como si estuviera anclándose a la realidad.
ÁNGEL: Lo siento, han sido tres años pesados, lo único que me ha ayudado a superarlos es saber que este día llegaría y tener la certeza de verte aquí, por un momento me asuste cuando comenzó a hacerse tarde y tú no aparecías.
LUCIEN: Estuve a punto de no venir.
Lucien toma la mano de Ángel y entrelaza sus dedos. Ella vuelve su rostro hacía él y mira su perfil estupefacta, no puede creer lo que está escuchando. Él sigue mirando al frente.
LUCIEN: Para mi estos tres años han sido maravillosos y muy productivos, se puede decir que la balanza se está inclinando a nuestro favor, por cada navaja que tú escondes yo pongo diez al alcance de manos necesitadas de “sentir algo, lo que sea” o para los que quieren terminar con todo de forma rápida. Lo que no saben es que cuando terminan “aquí” siguen “allá” y “allá” es donde a mi me importan, donde los quiero para que por toda la eternidad sigan alimentando el fuego que necesitamos, que necesito para seguir existiendo, para seguir influyendo; para que las redes sociales sigan haciendo ovejas fáciles de manejar por mi, ovejas que cada vez pasan más de ti y de los tuyos Ángel, lo siento, pero así son las cosas y así seguirán siendo hasta el fin.
Ángel lo mira con horror pero no suelta su mano, poco a poco su expresión se vuelve una de aceptación.
ÁNGEL: Sé como son las cosas, estoy aquí por ti y lo sabes, esta “Convención” es el único día en que tenemos permitido fraternizar con el enemigo, olvidarnos de nuestras responsabilidades, de nuestras diferencias y de la lucha constante entre nuestros bandos. Hoy solo quiero que seamos tú y yo en mi habitación, sin nada entre nosotros.
Ángel se levanta y conduce de la mano a Lucien hacia la salida del bar.


FUNDIDO
4
Interior, Lobby. Noche
Ya es muy tarde y el Lobby esta desierto, están casi frente a los elevadores cuando Lucien se detiene.
LUCIEN: Espera Ángel, no voy a subir.
Ella mira sin comprender el pecho de él, en ningún momento levanta la vista para verlo a la cara. Lucien toma su mentón y la obliga a mirar hacia arriba, horrorizada ella se tapa la cara con las manos.
ÁNGEL: ¿Qué haces? Lo único que no tenemos permitido es mirarnos de frente a los ojos. ¡Por favor Lucien! Sube conmigo, te necesito. Han sido tres años de no poderte sacar de mi mente. Te quiero.
Lucien obliga a Ángel a descubrirse la cara, la mira directo a los ojos aunque le hace daño.
LUCIEN: Se que me deseas Ángel, puedo sentirlo y yo también te deseo con la misma lujuria o incluso más por ser quien soy. Te creo cuando dices que me quieres y que constantemente piensas en mi pero lo que yo quiero es amor. Un amor al que pueda mirar de frente sin sentir el dolor que siento cuando miro tu increíble luz. Esta es la última vez que nos vemos Ángel, por fin lo comprendí. Sé quien soy y sé lo que soy y por fin estoy dispuesto a entregarme por completo y a admitir que solo la oscuridad me ama.
Lucien le besa la frente a Ángel. Da media vuelta y sale por la puerta del hotel dejándola a ella sola y con el rostro bañado en lágrimas.
FUNDIDO A NEGRO.
FIN


- FIN -

Consigna: Título: «Pero solo la oscuridad me ama». Esta historia presenta a un muchacho hablando en el bar con una chica que es demasiado hermosa y a la que solo puede vérsela de reojo o a través de parpadeos. Ella invita al joven a su hotel, pero él solo accede a ir hasta el lobby, no a la habitación.