martes, 7 de noviembre de 2017

Mi yo en tu alto

Consigna: Libre.
Texto:
He gastado doscientos treinta y cinco pares de zapatos caminando por las calles de París. He gastado zapatos y más zapatos, tantos que con ellos podría dar varias vueltas al planeta, un auténtico botín para perros famélicos, un tesoro de cuero y cordones. He caminado por las arterias de la ciudad más bella del mundo y he hecho de mi soledad un sayo, me envuelvo en mi silencio interior y me dejo empapar por los sonidos de la urbe, por el runrún de los viandantes, por las fachadas de los edificios que tan bellamente han ido creciendo a orillas de la calle, porque yo, cuando camino, miro al cielo, elevo la vista hacia las alturas como si quisiera volar, y así descubro un mundo diferente, un mundo paralelo al que existe a pie de tierra, un mundo de aristas y azoteas y luz brillantísima, un espacio etéreo donde viven lectores, trapecistas frustrados, voyeurs de las vidas ajenas, solitarios encaramados a su balcón que sueñan con ser gatos; a veces gatos temerarios que sueñan con ser pájaros; y siempre pájaros que no sueñan con nada más que poder cagar en mi calle. Miro hacia las alturas y es un problema, debería mirar solo hacia el suelo, pero no puedo remediarlo. Porque soy barrendero y esa es la razón última de que gaste tantos zapatos.
 Te cuento todo esto porque así fue como te encontré. Yo caminaba por el boulevard Saint-Michel ajeno a todo, era un día ventoso y las hojas del cercano Jardin du Luxembourg revoloteaban por todas partes, un auténtico baile de otoño, los vástagos juguetones se levantaban en una hélice de papelitos y arenilla, girando y elevándose como hijas del aire que eran. Entonces levanté la vista entre ese remolino ocre y te descubrí en lo alto de una farola. Balanceabas las piernas como en un columpio, indiferente hacia una altura que me daba vértigo incluso a mí. Eras tú, no cabía ninguna duda, una hoja revoltosa se elevó hasta rozar tu mejilla, quizás para darte un beso o un pescozón como de niño pequeño y tú la apartaste con un gesto casual, así. Después agitaste una mano blanca y me saludaste.
No supe qué pensar. Volví la vista al suelo, medio avergonzado, y continué barriendo hasta llegar al final de la calle, ni tan siquiera un poco alterado por el hecho de verte de nuevo, tan fresca en lo alto de aquel mástil de metal, como si todo no fuera más que una feliz ocurrencia, el desliz de un viejo que desvaría, el chorrito de agua que se escapa de una tubería ajada por los años. Pero al doblar la esquina volví la mirada y seguías allá arriba, con el viento ondulando tu falda y rodeada por las hojas que, libres de mi vigilancia, se desbordaban de nuevo por la calle como un alud otoñal. Supe que eras real.
He gastado pares y pares de zapatos y alguna cosa he aprendido sobre la soledad. La soledad se encuentra en las puertas de un colegio que se abre, en el bullicio de una boca de metro de la que emana un caudal intermitente de personas, en la parada vacía que deja un autobús que acaba de pasar. La soledad es el eco de las llaves al abrir la puerta de casa, es la oscuridad que repta por la noche montada a horcajadas encima de uno mientras piensa en el pasado, mientras te ve como eras antes, al otro lado del océano, en Buenos Aires, antes de que te fueras a París, cuando yo todavía dedicaba mi tiempo a inflar la cabeza de los universitarios con insulsas teorías acerca del tiempo y la relatividad. El tiempo es lo que nos separa de lo que no hemos vivido, eso lo sé ahora que soy barrendero y no antes en mi ignorancia de erudito, en la pequeña pieza que compartíamos se dilataba hacia el infinito sobre tu piel blanca, se condensaba en la pava del mate, se confundía con tanto libro por las esquinas y al fin se reflejaba en el azul de las paredes estucadas, azul como el cielo bajo el que he gastado centenares de zapatos.
Repetí la ruta al día siguiente, mi supervisor ya no sabe qué hacer conmigo, a veces creo que me mataría si pudiera, pero yo volví al boulevard Saint-Michel con el corazón ligero de todos modos. No estabas sobre la farola. Me encogí de hombros e imaginé la cara del supervisor, roja como la de Hitler en su búnker, pero dos manzanas más allá te encontré de nuevo, encaramada a la viga desnuda de un edificio a medio construir. Me mareaba verte tan alto, pero aun así sentí el impulso de subir, de comprobar con mis propias manos si tu pelo era real, si tu cuerpo era tibio como yo lo recordaba, si tus ojos devolvían el brillo de los míos. No lo intenté, pues era imposible que hubieras llegado allí: habrías necesitado arneses, ganchos, cuerdas, qué sé yo; habrías sentido frío, temor, vértigo, un súbito apretón en los intestinos; no posarías tu brazo desnudo sobre el metal, no mirarías al vacío como quien mira una película, no me dedicarías una sonrisa risueña.
A partir de ese día comencé a encontrarte en mi deambular diario. Entonces me apoyaba en mi escoba y te hablaba.
Encaramada al tejado ruinoso de un teatro abandonado:
—Hoy he visto un mimo. Ha dibujado una caja alrededor de mí y se ha quedado esperando. Yo me he echado a reír y él ha abierto la puerta, invitándome a salir. ¿Sabes? Cuando he salido de la caja me ha dado un abrazo y hemos permanecido ahí los dos, sosteniéndonos mutuamente durante unos segundos, durante toda una vida.
En lo alto de las columnas del Trocadéro, con tus brazos rodeando las rodillas:
—Recuerdo cuando tocaba tu boca, allá en la piecita de Buenos Aires, y de tu boca mis dedos bajaban por tu mejilla, rozando tus ojos cerrados, deslizándose por la frente hasta tu pelo, donde mis dedos se enredaban como pajaritos, después tironeaban con suavidad de tus orejas diminutas y se deslizaban por tu cuello, largo como el de un cisne, los dedos llamaban a mis labios y tu suspiro nacía, yo no era más que tu pelo, mis dedos, tu aliento, siguiendo la línea de tu mentón de vuelta a tu boca, tu boca, tu boca.
Abrazada a una pierna del ángel dorado en la Place de la Bastille:
—A veces escucho el sonido de la noche y tengo miedo, miedo de volver a llorar por cualquier tontería, miedo de no haber hecho con mi vida lo que debería. A veces me parece como si los árboles que susurran por la calle me hablaran en un lenguaje que he olvidado. A veces tengo la impresión de que solo falta un poquito, apenas esto, para que todas las piezas del mundo encajen en su posición. A veces, solo a veces. ¿Sabes? Tendrías que conocer a mi supervisor.
A la vuelta de uno de mis recorridos una persona amable se me acercó para preguntarme si me encontraba bien, yo estaba perfectamente y así se lo dije, pero el hombre me observó marchar con una mueca de preocupación. Cuando llegué a mi hogar fui directo al excusado y allí me miré en el espejo para averiguar cuán mal me veía; tengo la piel tostada, surcada de arrugas por una vida a la intemperie, no obstante entre las muescas de la edad me pareció encontrar un rejuvenecimiento, una piel más lisa y más lozana, un pelo que se lanzaba a la reconquista del terreno perdido. Con timidez esbocé una sonrisa. Desde la pared contigua se escuchaban los golpeteos de la cabecera de la cama, cuando mis vecinos ponen a ello son como conejos, yo pensaba en la dicha de la juventud y en los lejanos días de Buenos Aires mientras observaba mi rostro floreciente; los jadeos amortiguados iban subiendo de intensidad y entonces encontré el motivo de la discordancia que tal vez ese buen samaritano había detectado en mí; el espejo devolvía una mirada que, a pesar de la sonrisa, era triste. El tableteo de la pared adquirió un tinte frenético, como de tren de mercancías, yo me miraba a los ojos y veía reflejada la soledad, el vértigo de tu ausencia de años, el frío de las calles de París prendido en lo profundo del iris, un conocimiento doloroso del que no puedo evadirme. Mientras mi reflejo luchaba entre la primavera y el otoño, el dúo de gemidos alcanzó su éxtasis glorioso, un ahhh prolongado, una liberación de la que yo anhelé tomar parte, tanto en cuerpo como en espíritu, y esa revelación me dejó asombradísimo. Comprendí que necesitaba una prueba de fuego.
La indigente se arropaba en una manta junto a un castillo de cartones. El cuello de una botella sobresalía de una bolsa de papel, cangurito tierno al que besaba de cuando en cuando. Una persona así nunca me mentiría, porque has de saber una cosa: los barrenderos y los mendigos compartimos una verdad secreta bajo los cielos del mundo, si no me crees puedes mirar en los ojos de uno de nosotros y así lo sabrás con certeza. Con el corazón en un puño me apoyé en mi escoba y le pregunté. Ella buscó donde yo le señalaba. Después volvió la vista a mí y sonrió, alzando su dedo índice, y al seguir la dirección yo vi, encaramado a un árbol, a un señor de barba blanca e impecable compostura, que asentía con afabilidad a mi interlocutora desde las alturas.
He gastado cientos y cientos de zapatos caminando durante todos estos años y aquel día gasté un par más: cepillo y escoba quedaron abandonados junto al carrito huérfano de barrendero, mi supervisor aulló de indignación en alguna parte, pero yo ya corría por las calles de la ciudad, me parecía que el mundo se había invertido y yo, más que correr, volaba por un espacio de cornisas y balcones, de nidos de pájaro y de cometas enredadas, de anuncios de neón y de globos que los niños dejan escapar, un lugar donde el aire circula más limpio y las nubes son los adoquines del cielo, mi yo en tu alto. Había esperanza, me había sido dada la oportunidad de volver a tocar tu luz. C’est la vie.
Te encontré de nuevo sobre una farola. Me miraste y sonreíste. Yo esperé a recuperar el aliento, me ajusté los tirantes y entonces comencé a trepar, arañando el metal, con todo mi cuerpo dedicado a la imperiosa necesidad de ascender, centímetro a centímetro, año a año, hacia donde tú esperabas, recortada frente a la luz de un sol rotundo y definitivo, rodeada de un cielo de increíble color azul. Tal vez fueron mis esfuerzos los que llamaron la atención: debía parecer un demente encaramado en aquel poste. Unas manos duras me agarraron y me devolvieron a tierra, Vous êtes détenu, yo me resistí cuanto pude pero la policía no se anda con contemplaciones. Cuando pude recuperar el control sobre mí mismo les expliqué, con frenético entusiasmo les hablé de ti. Los gendarmes alzaron la mirada hacia la farola y al instante la bajaron. Vi compasión en sus rostros.
Porque tú no estabas donde yo señalaba. No estabas.
Cerré los ojos y me tambaleé. Los agentes, gentiles, me sostuvieron con delicadeza. Cuando pude abrir los ojos vi sus zapatos: estaban tan gastados como los míos. Como en un sueño fui conducido al coche patrulla, a donde me hicieron entrar con una mano en la cabeza. Sentado en el asiento de atrás, eché una última mirada a través de la ventanilla hacia las calles que tantas veces había recorrido. La sonrisa volvió a mí. Porque allá te encontrabas, en lo alto de una grúa, balanceando los pies descalzos, juguetona, con tu pelo ondeando libre, las palmas de tus manos acariciando el viento, la mirada perdida hacia el infinito.
Estabas radiante.

Frena

Consigna: Libre.
Texto:
20 de Octubre de 1993
Era una fría y oscura noche de otoño. La luna comenzaba la fase creciente, pero se encontraba oculta por densas nubes que cubrían todo el cielo.
La familia Rose viajaba en su viejo Pinto azul de 1976 por la Interestatal 8. William discutía con su esposa Alice a la vez que conducía. Su hijo Derrick, de ocho años, viajaba en los asientos traseros jugando con la nueva GameBoy que le acababan de regalar sus abuelos. Regresaban de visitar a los padres de Alice en la capital del estado.
Los Rose vivían desde hacía diez años en las afueras de la segunda ciudad más grande del estado, en un chalet de una zona residencial. Setenta kilómetros los separaban de los abuelos del niño, a los que iban a visitar una vez al mes.
—No sé a santo de qué le han tenido que comprar el videojuego al niño —protestaba William a la vez que hacía aspavientos con ambas manos.
—Porque fue su cumpleaños y no le habían regalado nada —explicaba la mujer—. Y coge el volante con las dos manos que vamos a tener un disgusto.
Nuevamente puso ambas manos sobre el volante, agarrándolo tan fuerte que los nudillos perdieron su color y se tornaron blancos. La emisora de radio emitía una triste canción country.
—Pero ya tiene una consola en casa. Esto es lo que le faltaba para no hacer los deberes: tener una que no haya que enchufar a la televisión. Además, estoy harto de que tus padres le compren regalos que nosotros no nos podemos permitir, solo para demostrar que si no te hubieras casado conmigo vivirías mejor. Que mi sueldo apenas da para llegar a fin de mes y que ellos nadan en la abundancia.
Un coche se venía frente a ellos haciéndoles ráfagas con las luces. El Pinto azul se había desviado de la trayectoria y había invadido el carril contrario. William asió el volante y rectificó la trayectoria del vehículo para continuar recto.
—Agarra el volante de una vez, que vas a matarnos —le escupió su mujer.
La discusión continuaba en los asientos delanteros mientras en la parte de atrás, Derrick seguía jugando con el nuevo videojuego. Llevaba puestos los auriculares y el volumen a tope, pero aún así, los gritos de sus padres discutiendo se imponían por encima. Siempre discutían y a Derrick no le gustaba. Sabía que aquel camino solo llevaba a un lugar: al divorcio.
Apenas recordaba la última vez que sus padres habían hecho algo divertido juntos. La última imagen de ambos riendo era de cuando habían viajado a Disneylandia por su séptimo cumpleaños. Después de montar en muchas atracciones, habían comido en el restaurante de Mickey y sus amigos y allí se habían hecho muchas fotos con los personajes de Disney mientras comían. Él les había hecho una a sus padres acompañados de Mickey. Los dos estaban sonriendo, felices y dándose un beso ante la atenta mirada del ratón gigante.

—¡Deja de dar manotazos en el salpicadero y agarra el volante! —ordenaba Alice a su marido—. Y vete más despacio que nos vas a matar.
—¡No os voy a matar porque no voy rápido! —se defendió William.
El Pinto se acercaba a un cruce de carreteras a más velocidad de la indicada. William no era consciente de ello debido al enfado que tenía con sus suegros y con su mujer por defenderlos. El locutor de radio anunciaba que eran las nueve en punto.
—¡WILLIAM, FRENA! —gritó la mujer presa del pánico.
—¡FRENA, PAPA! —gritó también el hijo desde el asiento trasero.
Los gritos de ambos silenciaron los comentarios del locutor.

31 de Diciembre de 1993
William se despertó tumbado en una cama de hospital, conectado a una serie de tubos de goteo que no podía identificar. También estaba conectado a un respirador y a un monitor que marcaba los latidos del corazón y los dibujaba en una línea que subía y bajaba a cada pulso.
—Tranquilícese, señor Rose —le dijo una voz femenina a sus espaldas.
Intentó hablar pero el respirador automático le impedía articular palabra. ¿Qué había pasado? Lo último que recordaba era que volvía con su mujer y con su hijo de casa de sus suegros. Discutía con Alice a cuenta de una consola que los padres de esta le habían regalado al chico.
Entonces, algo pasó: invadió el carril contrario y chocó frontalmente contra otro coche. No, no fue aquello lo que ocurrió. Él había esquivado aquel coche y había continuado discutiendo con Alice. Ella le había gritado algo y su hijo, desde los asientos de atrás, le había gritado lo mismo. Solo una palabra que en aquel momento escuchó en el interior de sus oídos como un estallido.
¡FRENA!
Escuchar aquella palabra le sobresaltó e hizo que el pulso se le acelerara.
—Tranquilícese, señor Rose —le repitió la voz—. Se encuentra usted en el hospital. Le voy a inyectar un tranquilizante y a media mañana vendrá el doctor y le explicará todo. —La mujer acopló una jeringa cargada de sedante a la vía que el paciente tenía el brazo derecho. Los ojos de William se fueron cerrando poco a poco y los escasos pensamientos coherentes que tenía se fueron difuminando como una cortina de humo, hasta que cayó en un profundo y relajante sueño.

Pasadas varias horas, el doctor, un hombre con barba canosa y unas gafas metálicas que apenas le cubrían los ojos, despertó a William.
—Señor Rose, despierte, señor Rose. No intente hablar. Le hemos quitado el respirador, pero no podrá hablar en unos días; tiene la garganta irritada debido al tubo y le dolería mucho. Escúcheme atentamente. Sufrió un terrible accidente y una ambulancia lo trajo en estado crítico. Chocó contra un camión que maniobraba para incorporarse a la carretera por la que usted circulaba. Usted no pudo frenar a tiempo y se produjo la colisión.
»Desde entonces usted ha permanecido en la UCI de este hospital. Sé que tiene muchas preguntas en la cabeza, pero ahora tiene que descansar. Poco a poco iré contestando a todas y cada una de ellas.
William intentó moverse y decir algo pero le fue imposible. Sus músculos estaban entumecidos y la garganta dolorida debido al respirador artificial. Quería preguntar por su mujer y por su hijo. También quería preguntar por el tiempo que había pasado ingresado. Pero lo que más le interesaba era saber cómo se encontraba su familia.
—No, señor Rose. Descanse. Cada cosa a su debido tiempo. Sé que está deseoso de respuestas; yo también lo estaría, pero necesita estar en perfecto estado para poder asimilarlas. Le dejaré algunos días para que la garganta y el cuerpo se recuperen. Hasta entonces, no le de vueltas a la cabeza y, sobretodo, descanse. Ahora será trasladado a una habitación de planta.

Algunos días después, el doctor apareció de nuevo frente a su cama. Para aquel entonces, William había recuperado casi con totalidad el habla y la movilidad del cuerpo. Ayudado por una enfermera, había conseguido ponerse en pie y caminar hasta el baño y regresar.
—Buenos días, señor Rose. ¿Cómo se encuentra? Ya veo que puede caminar.
—Consigo llegar hasta el baño y regresar, pero con ayuda. Doctor, ¿dónde están mi mujer y mi hijo?, ¿por qué no han venido a verme?
—Siéntese. Esto que le voy a contar es muy difícil. Tanto de explicar, como de entender. Como ya le dije, usted tuvo un accidente.
—Sí, eso ya lo sé. Choqué contra un camión que maniobraba según me han dicho las enfermeras. Pero de mi mujer y mi hijo no he recibido noticias. Seguramente hayan muerto en el accidente, pero nadie me lo ha confirmado ni desmentido.
—Señor Rose, siento comunicárselo, pero, efectivamente, su esposa falleció en el accidente. Sin embargo, de su hijo nada se sabe. El cuerpo no ha aparecido.
»Es bastante probable que se golpeara en la cabeza y que quedara desorientado, se bajara del coche y se perdiera por la zona. La policía y los demás servicios de emergencia lo han buscado sin ningún resultado.
—¿Me está diciendo que mi hijo sigue vivo?
—Es posible, aunque no es muy probable. El choque contra el camión fue muy violento, y la peor parte se la llevó el lado en el que iban su esposa y su hijo. Y, aunque Derrick hubiera resistido al impacto, las heridas y el hecho de que la ciudad más cercana se encuentre a más de quince kilómetros del lugar del accidente, hacen poco viable que haya sobrevivido.

29 de Enero de 1994
William había vuelto al que una vez había sido su hogar. Aquel hogar en el que había sido feliz con su esposa y su hijo. Aquel hogar que nunca volvería a ser el mismo. Desde el mismo momento que en el que había traspasado el umbral de la puerta, la tristeza había entrado junto a él. El lugar se encontraba vacío y por mucho que abriera puertas y ventanas la luz no entraba allí. La casa se había tornado lóbrega y la pena habitaba en cada esquina y en cada habitación.
A cada paso que daba, la imagen de su mujer y de su hijo se aparecía ante sus ojos. En algunas ocasiones riendo, en otras llorando y, en la mayoría de las ocasiones, observándole, con la mirada perdida y sin expresión alguna.
Durante días paseó por la casa sin ningún rumbo fijo. Visitó todas y cada una de las habitaciones, y en todas y cada una de ellas lloró. El único rincón de toda la casa en el que no fue capaz de entrar en los primeros meses, fue en el garaje. Sabía que allí no iba a encontrar el coche, ya que la grúa lo había llevado al desguace. Había quedado totalmente inservible.
Retomar la rutina de su vida no había sido una tarea fácil. Sus suegros no le perdonaban que Alice y Derrick hubieran muerto por su culpa y no solo no le hablaban, si no que le habían puesto una demanda y tenía que acudir a un juicio para demostrar que el accidente había sido tal, y no lo había hecho intencionadamente para quedarse con la fortuna de su hija.
Recuperar su vida laboral tampoco fue sencillo. Su puesto de trabajo había sido ocupado por otra persona, ya que él se encontraba hospitalizado. Aquello era algo muy común. Cuando un empleado se quedaba de baja, el puesto era cubierto hasta que regresara. Aunque en algunas ocasiones la persona sustituta era mejor que la sustituida y esta última perdía el empleo. En otras ocasiones ambos eran igual de válidos y los dos se quedaban en la empresa. Y en las menos ocasiones, el puesto no necesitaba ser cubierto y el trabajo se repartía entre el resto de compañeros.
William había sido administrativo de la hacienda pública desde que finalizó sus estudios en la universidad. Tenía su puesto adjudicado, pero con el accidente lo habían sustituido y, aunque no perdió la condición trabajador, sí que perdió el puesto, que fue ocupado por un becario. A él le encomendaron tareas más de archivo y almacenaje que de administración. Así estuvo durante mucho tiempo, hasta que algunos años después, se jubiló la que había sido su compañera de despacho. Entonces ocupó su lugar.

20 de Octubre de 2013
Han pasado veinte años desde que los Rose tuvieran el terrible accidente que cambió la vida de William.
Desde aquel maldito día no había vuelto a ser el mismo. Aunque intentaba aparentar cordura cuando estaba con gente, cuando se encontraba solo lloraba, gritaba y vagaba por las habitaciones de la casa. Falto de hambre y perdido de sueño deambulaba cada noche por el interior de su casa y también por el jardín de la misma. Se iba y se venía desde la cocina hasta el salón, desde el baño hasta las habitaciones, desde el desván hasta el jardín y por este llegaba hasta la entrada del garaje; pero nunca, nunca era capaz de abrir la puerta y entrar en él. Tal era el pánico que le daba aquel rincón, que había mandado condenar la puerta abatible y tapiar la pequeña puerta de comunicación con la casa.
Una vez a la semana se trasladaba hasta el cementerio a rezar frente a la tumba de Alice y de Derrick. Aunque el cuerpo no había sido encontrado, pasados los años declararon al muchacho como fallecido porque su desaparición había ocurrido en circunstancias violentas. Una nueva lápida se colocó junto a la de su esposa y él le rezaba como si el cuerpo del chico estuviera bajo ella.
Desde aquel maldito día, William no había vuelto a conducir un coche y tardó casi dos años en montar en uno. A todos los sitios se desplazaba a pie, en bicicleta o en autobús.
El día en el que se cumplían veinte años del fallecimiento de su mujer y de su hijo, William acudió al trabajo como de costumbre; sin ser consciente del día en el que se hallaba. Cumplió con sus ocho horas de labor, con las correspondientes al descanso para comer y desayunar. De regreso a casa, paró en un autoservicio para comprar algo de fruta y leche. También compró un bote de judías con carne.
Entró en la casa cuando el sol ya se había ocultado. Encendió la luz de la cocina y dejó sobre la encimera la comida que había comprado. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. Se acercó al salón y encendió la televisión antes de sentarse en el sofá.
Cuando se encontraba sentado, reparó en que la puerta que daba al garaje estaba en el lugar que había estado siempre. ¿Acaso se estaba volviendo loco? Hacía casi veinte años que la había mandado tapiar. Desde que había tenido el accidente en el que habían muerto su mujer y su hijo. Debía de estar soñando.
Sin saber muy bien por qué, salió al jardín y caminó por el pequeño sendereo que conducía hasta la entrada principal del garaje. Agarró la manija de la puerta y esta cedió con facilidad permitiéndole el paso a aquel recinto que no había pisado desde hacía dos décadas.
Misteriosamente, en el interior se hallaba el Pinto azul de 1976 que tantas veces había conducido hasta aquella fatídica noche. La pintura brillaba como nueva y los cristales estaban tan limpios que podía verse reflejado en ellos como si fueran espejos.
Inconscientemente, se sentó tras el volante y giró la llave que se encontraba en el contacto. El motor enseguida rugió y el tubo de escape escupió una bocanada de humo negro. Sin que nadie la abriera, la puerta se alzó sobre los goznes superiores y dejó paso al Pinto. Entonces notó una presencia, como si no se encontrara solo en el vehículo. Pero allí nadie más había.
William pisó el acelerador y el coche cogió velocidad hasta llegar a los sesenta kilómetros por hora. Salió de la ciudad y se incorporó a la Interestatal 8. En dirección a casa de sus fallecidos suegros. La sensación de que no iba solo cada vez era más grande.
Papá, frena.
Le susurró una voz infantil que venía de más allá de los asientos traseros. Giró la cabeza pero no encontró a nadie.
Papá, frena.
Nuevamente aquel susurro. Habría jurado que se trataba de la voz de su hijo, pero aquello era imposible
Papá, frena.
La tercera vez lo había asustado. No se había dado cuenta pero se estaba acercando a la intersección en la que había tenido el accidente veinte años atrás. La radio del viejo coche se encendió sola en el momento en el que sonaba una triste y vieja canción country. Hacía veinte años que no la escuchaba. La luna, en fase creciente se encontraba oculta tras las nubes que poblaban el cielo aquella fría noche de otoño.
La canción se había acabado y el cruce de carreteras se encontraba más cerca.
Papá, frena.
Otra vez aquella voz fantasmal. El locutor de radio anunció que eran las nueve en punto.
¡¡PAPÁ, FRENA!!
Pisó el freno con todas sus fuerzas y el Pinto se detuvo con un chirriar de neumáticos. Un instante después, del camino que se cruzaba a la derecha, salía un enorme tráiler a toda velocidad, para posteriormente perderse por el camino que estaba a la izquierda.
Gracias, papá. Ahora puedo descansar en paz.
Giró inmediatamente la cabeza con la esperanza de ver a su hijo en el asiento trasero, pero allí no había nadie. Lo que sí vio fue como se abrió la puerta trasera y unos segundos después se volvía a cerrar. El propio William abrió la puerta y se bajó del coche. Caminó unos pasos hacia el lateral de la carretera y miró más allá, hacia la arboleda. Después se sentó en el borde del asfalto.
A la mañana siguiente, un operario de mantenimiento de la Interestatal 8 encontró el cuerpo de William abrazado al cadáver de un niño de ocho años. Los investigadores dictaminaron que aquel niño era Derrick Rose, desaparecido en 1993 tras el accidente que le costó la vida a su madre en aquel mismo punto. Nadie se podía explicar cómo el cuerpo del muchacho había estado veinte años sin encontrarse y el estado de descomposición era el mismo que el del padre, que había fallecido de un fallo cardíaco la noche anterior a las nueve de la noche en aquella carretera. No sabían cómo había llegado hasta allí porque no había ningún vehículo en las inmediaciones y el transporte público no llegaba hasta aquel lugar.

martes, 17 de octubre de 2017

La Tarasca de la selva

Consigna: Escribe sobre El libro de la selva y todos sus personajes. Mowgli encontrará huevos con Critters, a partir de ello debes vincular la historia con los seres de la película.
La consigna es delirante, pero no queremos que el cuento lo sea. Evita la comedia y lo grotesco.
Texto:
Esta es una historia tan antigua como la amistad, una historia de valor y supervivencia, una historia que comenzó cuando Mowgli y Bagheera encontraron aquellos huevos en el valle de los elefantes, pero... permitidme que me interrumpa, quizá sea mejor que permita a su protagonista contar la historia que él vivió.


El silencio de la noche fue apagado por un chirrido que provenía del cielo, el mismo ruido que me despertó de mi descanso. Alcé la vista y vi una enorme piedra, envuelta en el color de la flor roja, surcando el cielo por encima de la selva. Los destellos rojizos envolvían cada árbol, cada piedra, cada lobo por los que pasaba. Las sombras de los seres que conocía se alargaban de forma extraña. Meera, la joven loba de guardia, aulló y pronto el valle completo se llenó de ululares, bramidos, gruñidos y demás quejidos del resto de criaturas, amigas y enemigas, que lo poblaban. Corrí hasta el pequeño promontorio situado en la cresta de la montaña, y a lo lejos divisé como caía la enorme piedra en medio del valle de los elefantes. Nunca había presenciado tal suceso.

La manada no tardó en reunirse. Gris, mi medio hermano y nuevo jefe, se posó de un salto en la roca del líder. Algunos lobos gruñían, otros enseñaban los dientes asustados ante la enormidad de aquella piedra voladora. Solicitó silencio antes de entonar la ley y, aunque asustados, todos callaron:
«Esta es la ley de la selva, tan antigua y cierta como el cielo, el lobo que la cumple prospera, mas el lobo que la incumple muere».
Tras el asentimiento general, nuevos gruñidos y una pelea, más propiciada por los nervios que por la malicia de los enfrentados, desquiciaron a mi hermano; Gris gruñó, enseñó los dientes con los ojos airados totalmente enrojecidos y los lobos volvieron a callar. Yo observaba sentado encima de una piedra redonda, entonces, madre apareció. Los años se apreciaban en la delgadez de las patas y en el pelo lacio que le colgaba alrededor. Caminó despacio, los lobos se apartaron agachando la cabeza en señal de respeto, cuando estuvo en el centro de la congregación paró y Gris asintió.
—Habla, Raksha, madre y loba más antigua de la manada.
—Hace tiempo vi una roca similar caer del cielo, y lo que sucedió después no fue bueno.
Madre habló con voz temblorosa. ¿Qué había sucedido en aquella ocasión y por qué parecía tan asustada?
—Si hay peligro para la manada debemos investigar. ¿Algún voluntario?
Me levanté de un salto, anduve unos pasos hasta quedar entre la manada y Gris. La noche oscura no permitió al resto apreciar la sonrisa de orgullo en la comisura de los labios de mi hermano.
Pero la sonrisa duró poco, al otro día, madre murió.


Antes de iniciar cualquier viaje visitaba la cueva de Baloo. Mi viejo amigo, el maestro, el oso que me inculcó los valores de la selva. Lo encontré muerto cuatro primaveras atrás, su cuerpo peludo estirado en su cueva ya no respiraba, tampoco presentaba señales de lucha, se lo había llevado la silenciosa enfermedad de los ancianos, que atacaba de noche a traición. Recuerdo que lloré. Madre no hubiera estado orgullosa. En la selva no se llora, ello son cosas de humanos, pero ese día me fue imposible parar el débil lazo que habitaba en mi interior. Madre, Baloo, ¿cuántos seres queridos habría de perder? Me sequé la cara con el dorso de mi mano y salí al exterior.
—¿Partimos? —Bagheera descansaba sobre la rama de un árbol. Su resplandeciente pelo negro, aunque opacado por la edad, aún brillaba con la luminosidad del día y los ojos verdes me escrutaban atravesándome el cuerpo como una fina hoja al trasluz. Supongo que Bagheera conocía de mis lágrimas, pero nunca dijo nada al respecto.

Bagheera avanzaba por el maidan, un prado silvestre de altas espigas, que ocupaba toda la extensión de terreno hasta donde podía ver. Atrás dejábamos el sotobosque y trabajo me costaba sortear con las manos las molestas plantas. La luna, con los colmillos de Ganesha señalando a la derecha, ofrecía un poco de claridad en nuestro camino. La montaña de los elefantes se divisaba a lo lejos, paredes escarpadas de roca lisa se fundían con la cordillera cercana, tan solo un animal que conociera el camino al desfiladero podría encontrarlo.
—¿Bagheera? ¿Por qué nunca hablamos de Baloo? Era nuestro amigo.
—En la selva solo se habla de lo vivo. Es la ley —dijo sin inmutarse.
Continúo caminando, le seguí y atravesamos las últimas espigas. Un camino de hierba rala se abría ante nosotros. No pregunté nada más.

Mientras avanzábamos, en lo alto de una cordillera cercana divisé un poblado humano. La flor roja, con destellos amarillos, naranjas y rojizos, bailaba en la noche; los humanos adoraban aquella flor, tanto que la utilizaban para alumbrar los poblados de noche, quemar la piel de las presas para después devorarlas, y un sinfín más de prácticas aterradoras. Hace años, cuando la amenaza de Shere Khan llegó muy lejos, tuve que robar una flor roja de un poblado humano. Con ella conseguí acabar con la vida del tigre, pero la flor siempre reclamaba un pago. La mitad de la selva se consumió al contacto con ella, y gran parte de mi hogar desapareció envuelto en sus fluctuaciones mortales...

El desfiladero apenas poseía la anchura de un elefante adulto, resultaba curioso pensar que animales de tallaje tan majestuoso escogieran un lugar tan angosto para dar fin a sus días. Atravesado el paraje, el pequeño valle apareció ante nosotros, los esqueletos de los antiguos reyes de la selva reposaban al lado de sus gigantescos colmillos de blanco perlado; olimos a ceniza, e intentando no pisar ninguno de aquellos restos, nos dirigimos al origen del olor. Un cráter, con la misma marca negra e indeleble que dejaba la flor roja, desprendía un desagradable olor; en medio, reposaba una extraña estructura que brillaba como la luna. Acerqué la mano, y al tacto, era fría.
—Mowgli. ¡Aquí! —Bagheera señaló con el hocico hacia el suelo. Unas extrañas marcas recorrían el camino, se alejaban en dirección a una cueva.


Perdonad mi entrometida interrupción, pero debo aclarar que es en este punto de la historia cuando nuestros dos héroes encuentran unos huevos que pertenecen a criaturas de más allá de nuestro mundo. Reciben muchos nombres: Critters, demonios de la selva, sanguijuelas siderales, el coco, la muerte que sonríe... Los animales simplemente las llamamos Tarasca. Criaturas feroces, hambrientas y temibles, disfrutan con la maldad, por eso ríen cuando matan a sus víctimas...

El olor a humedad de aquella cueva no se parecía en nada al del hogar de Baloo. Mi visión no me permitía avanzar tan rápido; Bagheera, en cambio, se adaptaba con facilidad a la oscuridad, y su pelaje negro lo fundía con el entorno hasta hacerlo desaparecer. Llevábamos adentrándonos un buen trecho cuando vimos dos enormes pilares de madera atravesando la estancia desde el suelo hasta el techo. Extraños grabados surcaban sus superficies.
—¿Qué es esto? —Acerqué mi mano, extendí mi dedo índice hacia la madera pelada y reseguí con la yema una espiral grabada. La madera crujió.
—No toques, son antiguas construcciones humanas, de los primeros hombres, sostienen el techo de la caverna. Mi padre falleció en un lugar así.
Asentí. Aquellos pilares debían haber despertado algo terrible para que evocara algo tan antiguo como la muerte de su progenitor. Pasé de largo. La cueva llegaba a una cavidad más ancha. En el suelo tres huevos descansaban sobre un montón de ramas y hojas secas. Poseían el tamaño de mi mano abierta y la superficie rugosa, de verde oscuro, presentaba incrustaciones ovaladas.
—Huevos de Tarasca. Debemos irnos.
En ese instante escuchamos unas risas agudas que llegaban amortiguadas, ecos provenientes de una galería a nuestra derecha; un instante después unos ojos felinos, similares a los de Bagheera, pero de brillante rojo, aparecieron en la oscuridad de la estancia.
—Comida, ji, ji, ji, comida. —Las risas, mezcla de jilguero y graznido de cuervo, sonaban cada vez más estridentes.
Algo surcó el aire clavándose en el cuerpo de mi acompañante, «Grrrarrgg», himpló desgarradoramente. Una púa se le clavó en la pata, un hilillo rojo comenzó a caer por el pelaje negro. Las criaturas comenzaron a rodearnos.
—Rápido, corre.
Quería decirle que no, que me mantendría a su lado, ya no era un cachorro al que tenía que defender.
—Espérame en el prado. Obedece.
Pero en mi vida no supe desobedecer aquella voz. Corrí al túnel, una criatura me cortó el paso, me mostró su amplia boca repleta de decenas de colmillos alargados y puntiagudos. Agarré una roca, tan grande como la propia criatura y sin darle tiempo a zafarse, la chafé contra el suelo. Un líquido verdoso surgió del amasijo sin vida que había aplastado. Una criatura se abalanzó sobre Bagheera, el consiguiente zarpazo estampó, contra la pared opuesta de la cámara, el cuerpo sin vida de aquel ser. Corrí y continué corriendo, pasé entre medio de las maderas, y no paré hasta la entrada del desfiladero, de hecho, no paré hasta mucho más allá, hasta el límite del prado.

Esperé un rato. Él no acudía a mi encuentro. La preocupación anidó en mi interior y creció. Si le había pasado algo... ¿Por qué tenía que ser siempre tan obediente? Recapacité, observé el poblado en la cima, los brillos amarillentos me llamaban; no podía desatender el peligro que representaban las criaturas de dientes alargados, así que, por segunda vez en mi vida, me tendría que arrepentir de mis acciones venideras. Encaminé mis pasos allí sin vacilación. La noche amparó mi entrada al recinto de los hombres, olí los efluvios de alholva y cardamomo, los aromas picaban en la nariz. Fijé la vista en una pared, sostenidas en argollas reposaban palos que sostenían en sus puntas flores rojas que bailaban fluctuantes, poderosas y mortíferas. De nuevo, como hice hace años, me apoderé de la monstruosidad... pero hurté dos.


Existe un viejo dicho hindú: creer que un enemigo débil no puede dañarnos es creer que una chispa no puede causar un incendio. Lástima que los animales no hagamos caso de los proverbios humanos.

Mientras me acercaba cada vez más al desfiladero, empecé a repasar los años vividos con Baloo en la selva, las enseñanzas, los cantos, la miel robada a las abejas, la ley; también evoqué muchas palabras de mi padre, Bagheera, los sabios consejos, las pruebas y de nuevo, la ley. La sempiterna ley. La que regía el todo, el devenir y la vida de mi hogar. «Un animal no mata a otro animal», sí, el precepto era sabio, pero hasta la regla más sabia poseía exclusiones, «mas que para comer o defenderse a si mismo».
La cueva me esperaba silenciosa cual guarida de serpiente, en ambas manos agarraba los palos, y el rielar desprendido por las flores rojas se asemejaba al baile de muerte que ya había representado tiempo atrás. La luminosidad emitida reveló nuevos detalles en el túnel, antiguas pinturas de manos humanas en las paredes, también en el techo, representaban la eterna lucha entre las especies. Avancé con cuidado al llegar a los largos maderos que sostenían el techo, sorteé con riguroso temor las espirales grabadas en los largos troncos. El silencio me envolvía. Vi el cuerpo de Bagheera en el suelo, el único padre que había conocido, y escuché las risas malvadas que comenzaron a rodearme...


Me veo en la obligación de detener la narración de nuestro héroe, pues en ese momento Mowgli enloqueció. No lo puedo culpar. Imaginaos por un instante a vuestro padre agonizando en el suelo de una cueva, malherido y con unas aterradoras alimañas acercándose. No, no pensaba con claridad, como más tarde me contó. Quizá las criaturas creyeron que lo matarían rápido, pero se equivocaban. Él poseía la muerte en ambas manos y una tras otra, a pesar de las múltiples heridas, las mató. Lanzó uno de los palos a la pila de hierbas secas que se acumulaban en medio de la estancia, esta ardió. No contó los huevos, ¿cómo iba a pensar en ellos en aquel momento? Agarró de las patas a su padre y comenzó a arrastrarlo. Cuando el cuerpo estuvo fuera, volvió y, a medio camino en el túnel, lanzó una enorme piedra a uno de los troncos que sostenía el techo, salió corriendo en el tiempo justo para escapar del derrumbe detrás de él. Recogió la cabeza de su padre del suelo, babeaba un líquido rojo y la lengua le colgaba a un lado. Las pupilas verdes de la pantera miraron al único hijo que había tenido, intento decirle algo, pero las fuerzas le fallaron y cerró los ojos. Mowgli lo sacudió y estrechó el pelaje con las manos en una ansiosa desesperación. En ese instante, la pantera negra abrió por última vez los párpados, las pupilas verdes cruzaron cansadas la mirada con su hijo adoptivo, abrió las fauces pero de ellas solo surgió un estertor, y un instante después, cerró los ojos para siempre. Mowgli lo abrazó con más fuerza de la que nunca había realizado en su vida, pero su abrazo no pudo retener al único padre que había conocido a su lado. Quería llorar y lloró.
¿Cómo sé yo toda esta historia os preguntaréis? Yo soy Meera, la no tan joven loba de guardia, y quiso la casualidad, o quizá la selva, que también estuviera de guardia cuando Mowgli regresó de aquella expedición. Herido, completamente ido, con una mirada ausente, y me contó toda la historia hasta que cayó desplomado en la tierra.


Sé que querrías un final para nuestro héroe, saber si Mowgli sanó, si se incorporó de nuevo o si, por el contrario, la experiencia azotó su vida de tal manera que todo lo bueno que le impulsaba a vivir se apagó en él. No os lo diré. Lo que es de la selva se queda en la selva. Deberéis azotar vuestra imaginación hasta horas intempestivas pensando si el cachorro de hombre consiguió aceptar el hecho de que solo lo vivo merece ser pensado, y que lo muerto no merece ser nombrado, tal como dicta la ley.

En todo caso, después de escuchar su narración, a mí me preocuparon más otros quehaceres, deseé que Mowgli hubiera contado los huevos, saber si estaban todos en su lugar, ¿ardieron los tres? También deseé que hubiera podido indagar en aquella galería de la que surgía la Tarasca, explorar más la cueva, ¿habría una red de túneles subterránea o era un ojo ciego donde murieron a oscuras y de inanición? Sí había túneles, ¿consiguió alguna Tarasca escapar por ellos? Si pasó así, ¿puso más huevos? En los relatos para cachorros en los que intentamos asustarlos y, en ocasiones lo conseguimos, nombrar a esa criatura siempre consigue el efecto deseado. Tarasca. Un vestigio del miedo anidado dentro de todo animal en la selva, pues ¿qué hay más aterrador que no saber si el fin de todo lo que amas está cerca?