lunes, 31 de julio de 2017

Héroe nacional



-Esta es una situación ridícula – se dice a sí mismo – Tener que volar desde Washington sólo por un estúpido baño que… - se interrumpe. El pomo de la puerta deslizó una fría vibración que le trepó por el brazo, erizándole cada pelo de la nuca. Un terror visceral, netamente primitivo se instaló cómodamente bajo su piel, amenazándolo con tomar el control de sus nervios y destrozarlos. Tragó saliva y se obligó a sonreír. Después de todo, las cámaras de todos los medios de comunicación más importantes del mundo estaban detrás de él, grabando cada momento en el que el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América entra a un polémico baño de aeropuerto donde a un grupo de personas se les ha dado por gritar y no salir.
Es ridículo – masculló nuevamente entre dientes dándole la espalda a las cámaras. Una gruesa gota de sudor corría desde su nuca hasta sus pies sin escalas. Dudaba si poner la mano de nuevo en el picaporte o no. De todos modos, la puerta no iba a abrirse sola y él, el hombre más poderoso del mundo, no podía tenerle miedo a un trozo de metal, era sencillamente ridí…
Su cuerpo se paralizó.
La mano, nuevamente apoyada en el pomo, giraba lentamente hacia la derecha sin su consentimiento. Quiso gritar para pedir ayuda, pero fue en vano. Condenado a atestiguar cómo su cuerpo era la marioneta de una fuerza superior a su voluntad, el presidente vio su mano derecha empujar la puerta; la izquierda saludar a las cámaras por detrás de su espalda; y ambos pies avanzando con actitud hacia el interior del cuarto. Toda esta secuencia no duró más que un segundo que a él le parecieron años.
Cerró los ojos y al abrirlos, se encontró mirándose al espejo sobre los lavabos. Pese a estar un poco pálido, no podía apreciar a simple vista ninguna diferencia entre él mismo y la imagen que le devolvía el cristal. De los tres tubos de luz encima de su cabeza, el del medio titilaba intermitentemente.
Respiró hondo, exhalando ruidosamente. Relajarse no le resultaba una tarea sencilla. Todavía le resultaba imposible explicar su comportamiento anterior, pero al menos ya podía moverse libremente. Despacio, se aflojó la corbata y avanzó hacia el fondo, donde se encontraban los inodoros.
El baño, pese a ser el de un aeropuerto, no era un lugar tan grande como cabría esperarse pero sí era extraño que no hubiera ninguna de todas las personas que entraron allí y no volvieron a salir. Sacó el teléfono para avisar que no había peligro alguno, que era sólo un baño vacío. No tenía señal. Siguió caminando, envalentonado por la situación, hasta llegar a las hileras de los inodoros.
De la misma forma en la que se siente un experto antes de cortar el cable de la bomba, empujó bruscamente las puertas de los cubículos, revelando sólo un inodoro vacío y reluciente.
El eco de sus zapatos reverberaba contra cada pared de la habitación. El zumbido de las luces de tubo se colaba en cada pisada. Volvió a mirar el teléfono: nada de señal. Bien podría volverse, salir por la puerta y con toda seguridad decir que el baño estaba vacío; que bien podría tratarse de una broma o un plan de marketing de la aerolínea. Sería dejar en papel de idiotas a más de uno, pero ese sería el precio que pagarían por hacerle perder el tiempo. Así y todo, con esa misma curiosidad que siendo boy scout de niño lo caracterizó, no dejaría puerta cerrada antes de irse. Debía investigar a fondo. Después de todo había sido por la nación más poderosa para ser su líder.
El pensarse como un héroe nacional lo hizo sonreír desmesuradamente; si resolviera un caso como este podría pensar sin duda alguna en una reelección, habría calles con su nombre, un desfile y – si contaba bien la historia – tendría su propio día en el calendario.
Quedaba sólo una puerta por abrir. Confiado, le dio la espalda y la abrió con el taco del zapato. Un golpe seco hizo rebotar la puerta de nuevo a su pie.
Giró sobre sí mismo, y apoyando la mano izquierda empujó suavemente la puerta, hasta encontrar el tope. Se agachó y al mirar encontró unos piecitos que no llegaban a tocar el suelo. El pudor le ruborizó las mejillas. La sola idea de abrirle la puerta del inodoro a una niña lo hacía sentir un depravado, así que golpeó.
Apoyó una oreja contra la puerta y usando su voz más convincente (Sonrisa, Clive, nunca te olvides de sonreír) pidió: Discúlpeme, pequeña señorita, soy el presidente de los Estados Unidos de América y necesito que me permita abrir esa puerta.
Esperó atentamente sin despegar la cabeza de la tabla y tras unos segundos abrió el cubículo. No quisiera importunarte, niña, pero es que me resulta extraño que estés sola acá, siendo que… - El espacio estaba vacío. La puerta terminó de abrirse sin ninguna resistencia. Clive retrocedió espantando, cayendo de culo al piso a la vez que gritaba. Por fuera, la puerta del baño era violentada para ser abierta, seguramente, por sus guardaespaldas.
Muchachos, estoy bien – gritó, recobrando el aliento – ¡No pasa nada! – afirmó, mientras su sien martillaba intensamente. Escuchó unos murmullos como respuesta desde el otro lado, mientras se levantaba sintiendo el culo mojado por el agua del suelo. Alisó su ropa y ajustó la corbata infundiéndose valor. Lo que sea por el desfile y la gloria. Ya sea que hubiera sido un fantasma o una ilusión del estrés, todo lo que podía ver frente a sí era un inodoro con la tapa baja y algo sobre ésta que no podía precisar a esa distancia.
La luz que titilaba dejó de hacerlo. El zumbido eléctrico parecía sonar más fuerte. El presidente se acercó con paso decidido a la taza y vio lo que allí se posaba: una esfera de vidrio con una reproducción a escala del aeropuerto. Clive la puso de cabeza y la enderezó para ver como la nieve artificial caía sobre el pequeño edificio.
Salió del cubículo pensando en que sería un souvenir del free shop. En la base tenía un pequeño interruptor que rezaba on/off. Distraído prendió la luz.
Súbitamente, un coro de gritos desgarradores transformó el silencio del baño en una sinfonía de horror. Como salido de la película Constantine, el baño se hallaba sin techo en un páramo desértico de cielo rojizo y aroma a azufre, donde las voces de montones de personas se clavaban en el cerebro de Clive como una trampa para osos de mil dientes. Presa de la sorpresa y el terror, el presidente miró a los seres deformes que, encadenados al suelo desde las tetillas, los testículos, clítoris, pezones, pestañas o lenguas extendían sus brazos suplicantes, llamándolo a medias lenguas para que los salvara, para que rompiera esas cadenas que los mantenían en ese tormento sin final.
Pudo reconocer rostros familiares: El gobernador de Colorado, el alcalde de Denver; todos ellos desnudos y encadenados grotescamente al suelo por el glande o con finas cadenas que bajaban desde el espacio entre los dedos y sus uñas. Ellos gritaban junto a otros hombres y muchas mujeres en ese espacio de pesadilla.
Miró a su alrededor tratando de entender cómo había podido llegar hasta ahí y más importante aún: Cómo haría para salir.
Todos gritaban queriendo decirle algo, señalándolo con desesperación como si la respuesta a toda esa locura fuera él mismo o estuviera en sus manos.
En sus manos…
El presidente miró la esfera de vidrio y desde fuera del pequeño aeropuerto – ahora en llamas – una silueta negra diminuta caminaba, buscando ingresar. El aire era escaso e insoportablemente cálido; ese ser estaba más cerca de lo que parecía ser la entrada al edificio, hacia donde se dirigía sin pausa.
¡Señor Presidente! – Alcanzó a escuchar entre los gritos - ¡Huya! ¡No deje que lo atrape! – La voz le resultaba conocida: Patrick Phillips, gobernador de Colorado, ahora encadenado desde el ombligo, donde su fofa panzota se derretía como la suela de los zapatos de Clive, dejando entrever llagas enormes en distintos niveles de putrefacción. Al presidente le dio entre asco y lástima verlo así. Se habían conocido hace algunos años jugando al golf en un campo de Castle Rock, y si bien nunca le había caído particularmente bien – como le pasaba con la mayoría de los ebrios cerdos de enormes cachetes rosados, en su opinión – no sentía por él una repulsa tal que lo complaciera saberlo en tal nivel de tormento.
¡Mire la bola! ¡Qué no lo atrape! – llegó a gritar mientras la burbujeante masa de su cara bullía, deshaciéndose por partes. Clive vomitó violentamente ante esa visión. El hedor a grasa quemada era nauseabundo y penetrante; colándose en su cuerpo a través de sus fosas nasales.
Al enderezarse bajó la mirada hacia la bola. El ser de negro ya no era visible a simple vista. Se acercó el adorno a los ojos y pudo divisar con toda claridad como las diminutas ventanas del edificio estallaban en mil pedazos, marcando el sendero que aquel Ente Sin Forma dibujaba mientras se acercaba a la otra punta del aeropuerto, dónde estaban los baños próximos a la pista.
El terror lo atenazó. Con o sin persecución, él tendría que ser capaz de salir de allí. Quedarse en el infierno no era una opción y, además, su retorno le agregaría a su relato un toque épico increíble. Se dijo que necesitaba pruebas; pese a no tener señal, su teléfono aún estaba prendido. Filmó todo lo que pudo para poder probar a su regreso que él había estado en el infierno y había regresado con vida. Qué héroe nacional ni ocho cuartos ¡Él sería adorado por las naciones del mundo como un profeta! ¡Como el nuevo Mesías! 
Río a mandíbula batiente un buen rato, pero los aullidos de dolor opacaban su carcajada. ¡Qué importaban los condenados, los desaparecidos! Ellos estaban atrapados en ese Reino de pesadilla, pero él seguía libre y libre volvería. Él: ¡El hombre más poderoso de la Tierra y ahora también el sobreviviente de la visión infernal!
La risa dio lugar a un llanto amargo.  No tenía una sola idea de cómo salir.
Se acercó a los encadenados. Algunos todavía permanecían vivos pese a las intensas quemaduras que mostraban sus cuerpos. ¿Cómo llegamos acá? ¿Cómo salimos? – Les gritó Clive pero sólo conseguía por respuesta gemidos de dolor y ojos desorbitados – No se preocupen – concluyó - yo voy a sacarlos de acá.
Miró alrededor buscando pinzas, barretas o cualquier elemento que pudiera servirle para cortar las cadenas o separar las argollas del suelo. Se le hacía casi imposible ver por los vapores de azufre y de los propios cuerpos en ardiente descomposición. Dando la espalda a los condenados, asió una de las cadenas que ataban al cuerpo ya muerto del gobernador como para probar que tan fuerte estaban clavadas al suelo, pero chilló por lo caliente que estaba el metal.
Sin poder moverse ni soltarse, quedarían atrapados en ese infierno.
Les diré a sus familias que fueron muy valientes – recitó de repente – haré que se sientan orgullosos de cada uno de ustedes – les hizo la venia y, dándoles la espalda, los abandonó.
Fuera de los límites del baño, la llanura se extendía desértica hasta un horizonte que parecía no terminar. Pensó que perderse en ese páramo sería totalmente inútil, que era mil veces preferible morir allí con sus compatriotas que solo.
¿Qué sentido tiene dilatar lo inevitable? ¿Cuál es la gallardía de morir arrasado por el infortunio? – dijo y sacó un pequeño revólver que sus agentes habían dejado en su saco. Lo metió dentro de su boca y estuvo a punto de disparar cuando el frío lo abrazó por detrás como una corriente de aire gélido dentro de ese horno.
Se dio vuelta y allí estaba ese par de zapatitos de charol que había visto en el inodoro. La niña lo miraba con enormes ojos verdes y una expresión tímida, totalmente ajena al calor irreal, a la peste y a los gritos. Extendía su manito hacia él, como pidiéndole algo.
¿Qué querés? – Le gritó Clive - ¿Cómo llegaste hasta acá? ¡Mostrame como salir! ¡Salgamos los dos! – pero la niña no decía palabra. Era pelirroja y tenía el pelo lacio en un corte carré. Lucía un vestido beige, a lunarcitos rojos.
Acercándose despacio, haciendo uso de todas sus fuerzas restantes, el presidente guardo el arma en su bolsillo llegando así a tocar la bola de vidrio. La sacó del bolsillo. ¿Esto querés? – volvió a gritarle - ¿Si te lo doy me sacás de acá? – siguió repitiendo eso hasta que la tuvo al alcance del brazo.
En ese momento, la nena miró detrás de Clive. Cuando este se dio vuelta, una forma humanoide completamente negra con ojos rojos lo miraba. Las suelas de sus zapatos derretidos lo estaquearon al suelo, impidiéndole huir.
La enorme cara del ser oscuro se acercó a milímetros de la del presidente, moviéndose ligeramente como si lo oliera. Se quedó quieto unos segundos hasta que abrió una boca desproporcionada arrancando la piel de Clive con un solo grito gutural.
Arrastrado por el dolor y la locura, el presidente se perdió en el abismo insondable que era el cuerpo de ese monstruo.
Silencio.
Una mano levantó la esfera de vidrio del suelo la contempló unos momentos y buscando el interruptor que hay debajo, la puso en off. Toda la visión infernal desapareció.
El frío del baño del aeropuerto de Stapleton era total. La luz de uno de los tres tubos titilaba mientras él se acercaba a la puerta.
Tomó el picaporte con firmeza y antes de girarlo echó un vistazo al espejo. Los ojos de quien había sido alguna vez Clive Smith le devolvían la mirada desde el otro lado del cristal.
Sonrió y salió.


- FIN -

Consigna: Título: «Baño de mujeres». El 25 de marzo de 1982, en un discurso en la Universidad de Dayton, Stephen King contó una historia que se le ocurrió en el aeropuerto de Stapleton, en Denver. Su mujer fue al baño, y él se quedó esperando fuera. De pronto se dio cuenta de que había otros hombres aguardando como él, con las manos en los bolsillos e idéntica mirada. Así comenzaba su historia: una pareja está en el aeropuerto, la mujer tiene que ir al baño, y el hombre se queda esperándola en la puerta de los servicios. Pero su mujer no regresa, y los otros hombres que también aguardan empiezan a ponerse nerviosos porque sus mujeres tampoco salen del baño. La preocupación aumenta incomprensiblemente. Después de todo, no están frente a la hidra de tres cabezas, sino fuera del servicio de mujeres. Finalmente, un hombre decide entrar y, apenas se cierra la puerta, se oye su grito desgarrador. La situación comienza a adquirir otros matices cuando entran las fuerzas de seguridad, la policía, el alcalde, el gobernador, y nadie sale de los servicios. Por último le llega el turno al presidente…

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